domingo, 21 de abril de 2013

Transparencia


   Vibra en el silencio el silencio mismo
   Ni cerca ni lejos
   Justamente en el silencio.
   En pleno amanecer de un día llano
   Fugaz , espeso y claro.
   Se huele el verano
   Llega con ganas el sopor,
   y a la ausencia de brisas
   la delata la inmovilidad de las hojas.
   Silencio y Domingo,
   un dúo que sin piedad
   atrapa la mirada, invitando
   a no pensar en nada.
   Ideal para fundirse con todo
   lo que no se piensa .
   Solo silencio, empapado de sonidos
   sin tiempo, sin acordes.
   Melodía  misma
    no surgida, no cantada, no escrita.
    Solo silencio sano
   Transparente , alado.

                  Guti
 


 

lunes, 25 de marzo de 2013

Ocho pasos hacia la Libertad


No es posible escribir algo que valga la pena acerca de la práctica espiritual a menos que lo que se escriba provenga de la propia experiencia. Por los últimos veinte años me he interesado en buscar una práctica Budista que tenga relación con la vida en la sociedad moderna. Una práctica que fuera en palabras de Dogen Zenji una práctica "auténtica". Existe una tentación de ya sea modernizar la práctica budista al punto de que ésta, no contenga más una disciplina adecuada; o bien, aceptarla totalmente "deglutirla completa", con todas las formas culturales del pasado.
En esta sociedad instantánea en la que constantemente buscamos la última invención para hacer la vida más fácil, la práctica espiritual tradicional con sus rigurosas demandas parece muy anticuada para ser viable. En las revistas de "new age" aparecen anuncios publicitarios de "amplificadores de ondas cerebrales que hacen por usted en 20 minutos lo que le tomaría a un monje Zen ¡20 años!" Lo que supongo que se logra es la actitud indiferente hacia la práctica espiritual que frecuentemente aparece en algunos monjes Zen después de 20 años de rigidez sectaria.
Obviamente existen muchas personas que creen que la iluminación es biomecánica y por ende abierta a un abordaje mecanicista. El Zen y los otros tipos de tradiciones Budistas, son tan sólo otro entremés en la mesa del “buffet” a probar. Cada persona que haya alguna vez leído un libro de Alan Watts está lista para escribir el suyo propio acerca del Zen del waterpolo, del tejido de cestas o de cualquier otra cosa. Después de todo, ¿No es el Zen acaso solamente meditar y ser uno en el momento?
Sería maravilloso decir que no todos los practicantes occidentales del Zen y de otras tradiciones Budistas comparten esta visión simplista del mundo, pero desafortunadamente puede encontrarse en cierto grado en numerosos budistas occidentales. Estas son personas que son sinceras en su mayoría, pero que no tienen un antecedente sólido en la filosofía Budista y son muchas
veces atraídos a la tradición por algún sentimiento o emoción hacia la misma. Algunas de estas personas tendrán la fortuna de entrar en contacto con un maestro sólido y su Sangha que lo conducirán más allá de esta etapa primitiva hacia un serio respeto y entendimiento de la práctica. Otros estudiantes renunciarán al Budismo y regresarán a sus raíces religiosas occidentales, convencidos de que el Budismo no les funcionó. Aún más, un pequeño número de los restantes terminará en hospitales mentales por falta de madurez emocional o entendimiento intelectual para mantener la estabilidad psíquica a través del rigor de la meditación.
Es una realidad de la vida, que la práctica espiritual seria tiene importantes ramificaciones en la psique de aquellos que se someten a ella. Si éste no fuera el caso, entonces no tendría sentido realizarla. Aquellos de nosotros cuya vocación espiritual tiene que ver con el entrenamiento de otros en estas prácticas tienen que estar al pendiente de la realidad que subyace en el entusiasmo de nuestros estudiantes. Si ese entusiasmo se basa en cualquier cosa que no sea un entendimiento realista de la naturaleza de nuestra disciplina, entonces el estudiante se dirige hacia un problema. No hay modo en nosotros para poderlo guiar fuera de ese problema a menos que tengamos un total compromiso con la vida Budista, en la forma en la que desarrollamos nuestro viaje en el Camino Óctuplo. Este libro entonces no sólo es una guía para la práctica espiritual basado en la filosofía Budista, sino en cierto sentido un resumen personal de mi propio recorrido espiritual.
He practicado el Zen desde hace casi 10 años, cuando decidí ayudar a la formación de un centro Zen bajo la dirección del famoso maestro Zen Seung Sahn Sa Nim, de Korea. En ese período de mi vida me pasaba una gran parte del tiempo en zazen mientras vivía solo. Vivir con otras personas se volvió extremadamente difícil para mí. Vi como se desintegraba mi práctica y cómo mis acciones eran compulsivas e incompatibles con la Correcta Acción. Juzgaba todo, odiaba el estilo coreano, idealizaba la tradición japonesa. No podía practicar el Koan para nada, ya que parecía una práctica muy sosa un mero entretenimiento. Sin embargo permanecí en el centro hasta que mis acciones fueron tan pobres que el SSSN me tuvo que expulsar del templo.
El episodio completo estaba más allá de mi comprensión y de otros que me conocían como un estudiante Zen bueno y obediente. Yo conocía la serie de eventos y mi estado mental era propicio para un colapso en mi práctica y una oportunidad de auto-examen. Estaba decidido a entender y rectificar el problema. De mi entrenamiento filosófico, había aprendido que uno debe examinar los inicios de toda actividad, volver a lo fundamental y comenzar desde ahí.

Al principio me parecía que lo fundamental consistía en hacer más zazen ya que es el corazón y el alma de la práctica del Zen. No pasó mucho tiempo antes de que me quedara claro que esa solución no estaba funcionando, ya que yo había pasado largas horas en cuclillas justo antes de pasar por la crisis en el Centro Zen Tahl Mah Sah. Así mismo, por ese entonces tenía una amistad personal con alguien que también era Budista y practicaba vigorosamente pero sin embargo, estaba en un perpetuo estado de miseria auto inflingida. Dado a que siempre es más fácil reconocer áreas de oportunidad en otra persona, comencé a ponderar la efectividad de una meditación vigorosa en el Budismo como medio de auto transformación, particularmente contrastándola con la Fe, el Tantra y la enseñanza practicada por otras tradiciones Budistas.
Un día mientras ojeaba el librero, me topé con una antigua copia de la Biblia Budista, una colección de textos Budistas compilada en 1930. Comenzaba con una descripción de las Cuatro Nobles Verdades y el Camino Óctuplo, los fundamentos del Budismo. Inmediatamente quedé perplejo por la relevancia de lo que estaba frente a mí: los fundamentos básicos del Budismo, tal como fueron entregados por el propio fundador, y más personalmente la respuesta a las partes faltantes de mi práctica, la razón de mi inhabilidad para integrar la meditación con mi vida.
Comencé a analizar por qué era que me desenvolvía con dos visiones aparentemente contradictorias del mundo. Era evidente que mientras conscientemente aceptaba la doctrina del karma y la interrelación del karma con el crecimiento espiritual, me encontraba desenvolviéndome a pesar de ello y sin darme cuenta con una inconsciente visión mecanicista del universo; una visión que veía la meditación como herramienta que se utiliza para lograr la iluminación. Fue alrededor de entonces cuando me adentré al estudio del Sutra Avatamsaka, que es el fundamento filosófico del Zen y enseña que todas las cosas en el universo comparten una unidad esencial como un proceso y efectivamente se interrelacionan con la existencia de lo demás.
Aún con lo lento que soy para aprehender la verdad espiritual, me quedó claro que en esto se encontraba la solución de mi dilema. Mi práctica fallaba debido a que no era auténtica. No era auténtica porque no era una práctica completa, que debe tener tanto un esfuerzo y una visión totalmente consistente con ella misma. Todas las partes de la práctica que conformaban el todo se encontraban ante mí en el CAMINO OCTUPLO. Antes de mi crisis, mi archivo mental occidentalmente entrenado pensaba que los ocho senderos estaban relacionados causalmente y como no podía darme cuenta en ese momento de la conexión entre ellos, asumía que tenían una relación jerárquica, con la meditación en el ápice, capaz de corregir cualquier tropiezo en los demás pasos.

No podía ver la interdependencia fundamental que conforma la unidad de la práctica. A partir de mis estudios del Sutra Avatamsaka comencé a conectar la totalidad subyacente del camino y comencé a ver cómo cada vía contenía las semillas de todas las demás vías; todas creciendo en conjunto para crear una perfecta unidad. El Camino Óctuplo se transformaba en un tipo de organismo. Mi compromiso con la disciplina de este camino espiritual interconectado es la consecuencia natural de mi entendimiento. La fe en este regalo incomparable del Buda proviene naturalmente del entendimiento de su perfecta unidad y conduce nuestra práctica. Es cualidad única de la fe Budista el provenir de la lógica y del entendimiento como base de la práctica, en lugar del caso contrario que ocurre en tradiciones monoteístas.
Pasaron los años y practiqué sentado con varios maestros, manteniendo mi estilo Soto propio mientras aprendía de maestros Rinzai, tibetanos y chinos. Me olvidé de conseguir la Iluminación y quedé envuelto en la práctica del Camino Óctuplo. La Iluminación llegó sin que yo la buscara. Comencé a comprender mi karma y renuncié a diez años de celibato. Casi tan pronto como comprendí mi naturaleza, conocí a mi maravillosa esposa, Rhonda, y nos casamos. Aunque yo fui soltero por más de cuarenta años, esta transformación fue natural. Ahora tenemos un hermoso hijo, Shea, nacido el 8, 08, 1988 a las 8:08 a.m., que es un verdadero ser de luz. Ser un padre también es algo natural. La belleza de la práctica del camino óctuplo es que presenta una visión y un modo de ser en el mundo que es dinámico y nos libera de la fosilización del ego. Aún los hábitos de toda una vida y los prejuicios mentales se disuelven en una nueva actitud abierta y libertad de expresión.
Además en este tiempo mi amigo de largos años y maestro Soyu Matsuoka Roshi me impuso el título de Roshi o Maestro Zen. Todas estas vienen como vienen, sin ningún esfuerzo especial. El camino óctuplo nos lleva a eso que es nuestro propio karma esperando a ser cosechado en el sol de nuestra práctica. Estoy convencido que si cualquier estudiante serio de Budismo se aplica conscientemente a seguir este camino, adhiriéndose a la meditación y a la práctica de la tradición que elija, obtendrá una vida y una práctica auténtica. Esta autenticidad no es nada más que la vida y el camino de los Budas y Patriarcas manifestado en el presente. No hay nada que yo pueda desear más por cualquier persona que experimenten este modo de vida auténtico por ellos mismos.
El estudiante Occidental del Dharma se enfrenta con numerosos dilemas. El problema de cómo adaptar nuestra práctica espiritual a esta vida no es una pregunta sencilla de responder. Mientras vivamos en una sociedad moderna
tenemos que reflejar esa realidad en nuestras vidas, y hay tanta tradición
rodeando la práctica Budista que es difícil de discernir qué es pertinente para nuestro crecimiento espiritual y qué no lo es.
Este problema tiene que ser abordado si es que hemos de hacer cualquier progreso en nuestro camino. El camino del Dharma afortunadamente tiene una naturaleza sistémica que nos permite reflexionar sobre cada uno de los aspectos del mismo de manera independiente para poder juzgar nuestra práctica como un todo. No importa a qué disciplina particular pertenezca una persona, ya sea Zen, Vajrayana, Theravada, o cualquiera de las otras, siempre está el constante estandarte del camino óctuplo del Buda para dar dirección.
El entendimiento esencial del camino óctuplo y de su aplicación a la vida diaria es la mejor vara de medida que tenemos para juzgar la pureza y autenticidad de nuestra práctica. A pesar de eso, se comprende poco y rara vez se adhiere alguien a él como guía para la acción personal por los estudiantes modernos. Existen muchos estudiantes que parecen estar tropezándose por todas partes, sin tener gran progreso en su práctica, preguntándose por qué. Invariablemente ellos se aferran a la meditación como la panacea espiritual, confundiendo la práctica de la meditación con la práctica misma del dharma.
La práctica del dharma se perfecciona en la meditación como la encarnación de la energía espiritual del Buda, pero los estudiantes deben tener en mente que Dhyana es sólo un aspecto del camino óctuplo. En ninguno de los sutras el Buda establece que el éxito en la meditación pueda sustituir el hecho de no seguir los otros siete pasos. Todos los rayos de esta rueda tienen que estar en su lugar para que la rueda funcione.
A algunos estudiantes, la mera piedad y la adherencia a las formas tradicionales es suficiente. Pocas de estas personas tienen mal intención, sin embargo están mal informadas. El usar batas, el afeitarse la cabeza la piedad y la destreza en la meditación por sí solas no conducen a la Iluminación. La Iluminación es una respuesta orgánica a la realidad, y como todo lo orgánico, involucra un ecosistema. Para comprender cómo funciona este ecosistema tenemos que comprender las interrelaciones del camino óctuplo.
Han existido muchas obras literarias excelentes acerca de la relevancia filosófica y tradicional del camino óctuplo, pero muy pocas exponen cómo el Camino se relaciona específicamente con la vida contemporánea. Como todos mis estudiantes y yo tenemos que enfrentarnos a este problema diariamente, este problema es de importancia personal para mí, tanto en mi vida propia como en mi enseñanza. Esta obra es pues resultado de veintitantos años de enfrentar este koan sin final. Espero que el lector obtenga beneficio de este libro al confrontar esta cuestión esencial en su propia vida.

Visión Correcta.
Ocho Pasos Hacia la Libertad Siguiendo el Camino Óctuplo del Buda en la Vida Moderna
En el inicio, existe la idea. La semilla de la cual todo lo demás germina. En la práctica espiritual, la visión que tenemos del mundo ciertamente dicta el curso de nuestras acciones. En el Budismo, la Vía de la Visión Correcta o la Idea Correcta comienza con el entendimiento básico de las leyes espirituales de la existencia. Las cuatro nobles verdades: 1.) Que estar vivo es experimentar insatisfacción; 2.) Que esta insatisfacción nace del apego al deseo; 3.) Que estos deseos pueden ser extinguidos; 4.) (Que esto se logra) siguiendo el Camino Óctuplo.
La primera verdad se interpreta habitualmente como que vivir es sufrir. Sin embargo la palabra original en Pali "dukkha" es un poco más complicada que el simple sufrimiento. En realidad quiere decir una insatisfacción fundamental y básica en la existencia, una tensión emocional. El Buda nunca enseñó que la vida misma era intrínsecamente sufrimiento, sino que estar vivo con un estado consciente era estar en un estado de tensión con la existencia. Es obvio que el sufrimiento es una experiencia que compartimos todos los seres vivos, ya que la naturaleza de la vida es finita y cuando experimentamos los límites de nuestra finitud, experimentamos sufrimiento.
La enfermedad, la vejez y la muerte visitan a cada ser nacido en este mundo. Son los límites de nuestra propia mortalidad. Estos no cargan inherentemente un nivel determinado de sufrimiento ya que cada persona, de acuerdo con su propio karma, experimenta un distinto nivel de incomodidad cuando se confronta con su propia mortalidad.
Por ejemplo, dos personas pueden romperse sus piernas mientras esquían, con un idéntico nivel de dolor físico e incomodidad consecuentes. Una de ellas puede aceptar su accidente de manera paciente, siendo lo suficientemente madura para entender que cuando él o ella decidieron el aceptar esquiar, un accidente potencial estaba dentro del paquete. Esa persona podría pasarse el resto del viaje en la habitación, disfrutando de algo de vino y buena compañía, sacando el mayor provecho de esa situación. Un individuo menos maduro podría precipitarse en un ataque de furia y enojo por "la injusticia" de su accidente. Este tipo de persona sufrirá un infierno psicológico de su propia creación, y la experiencia de ese infierno es mucho peor que el dolor de la lesión y la incomodidad del molde de inmovilización.
La diferencia esencial en la experiencia de dos personas que comparten una
misma desgracia es debida al excesivo deseo de una en contraste con la
aceptación de la otra. La peor parte de este escenario para el esquiador
enfurecido es que estará en mayores probabilidades de sufrir en el futuro debido a su inhabilidad para enfrentarse a su situación. Ellos provocan esto al despertar la ira y el descontento en sus compañeros por su actitud infantil. Esto a su vez los amarga, llenándolos de odio hacia ellos mismos y haciéndolos más propensos a repetir sus errores en el futuro.
La fuente de sus problemas no se encuentra en su experiencia, si no que la visión que mantienen del mundo es la que convirtió la experiencia en una especie de infierno. Es una consecuencia natural de estar fuera de contacto con la realidad. La idea o visión primordial de esa persona, cuando se analiza a profundidad llegando hasta su esencia, es que el mundo debe comportarse según sus expectativas. Esta es una visión del mundo guiada por el deseo, más que por la aceptación.
La mayoría de los occidentales miran a la aceptación como una especie de cobardía moral. En palabras de Dylan Thomas, "No seas amable con la buena noche, llénate de furia". La verdad es que la aceptación no es un estado pasivo, contrario al deseo. Este es uno de los malos entendidos implícitos en la visión moderna del mundo. La aceptación es una atención consciente de la realidad en cada situación personal y no implica falta de energía. La aceptación es la base de la acción ya que está en contacto de manera realista con lo que está pasando. El apego al deseo es un tipo de inacción frenética en el sentido de que ignora lo que está pasando actualmente para considerar una posibilidad no natural.
El entendimiento y la aceptación de la realidad es el principio de una actividad Iluminada. Para perseguir una meta, debemos contemplar las condiciones que darán forma y dirección a nuestros esfuerzos. Si no reconocemos el terreno no seremos capaces de seguir el mapa. A sabiendas de esto, el Buda sistemáticamente delineó las fuerzas que moldean la vida y el fenómeno consciente. Su interés no era presentar un sistema filosófico sino desplegar un mapa de carreteras en el terreno de la condición humana para que pudiéramos encontrar nuestro propio camino. Su enseñanza era una expresión de su propia experiencia más que una agenda filosófica entregada a él por la tradición. El poder de sus enseñanzas surge directamente de su libertad incondicional. Esta libertad sólo puede obtenerse cuando uno tiene el valor de adentrarse en uno mismo sin la ayuda de un vagón lleno de dádivas filosóficas y especulaciones teológicas.
La enseñanza del Buda fue y sigue siendo una confrontación personal con el problema del sufrimiento humano y su alivio. Esta confrontación con el sufrimiento es aún más sorprendente si consideramos el hecho de que la profunda preocupación de Shakyamuni no se generó por su propio
sufrimiento personal, sino por la contemplación de este sufrimiento en
aquellos que lo rodeaban. El príncipe en su palacio fue conmovido por la enfermedad, la vejez y la muerte que observó a su alrededor aún y cuando él estaba libre de estas aflicciones.
No fue sólo el conocimiento de su propio sufrimiento potencial lo que lo movió, sino la realidad del sufrimiento como algo intrínseco a la vida lo que lo sacudió hasta sus cimientos. Para el individuo sinceramente espiritual la realidad del sufrimiento habita en su espíritu como la flama duradera de la compasión. Este es un fuego que consume toda distinción entre lo propio y lo ajeno. Reduce todas las consideraciones triviales a cenizas cuando se le aviva. Es por ello que el Buda elegantemente se rehusaba a contestar preguntas que fueran puramente teológicas o metafísicas por ser en sí irrelevantes.
Su enseñanza tenía solamente una prioridad; el alivio del sufrimiento humano. Cualquier persona común puede reconocer que no existe manera de que un ser humano evite las condiciones que producen sufrimiento en el plano físico. Mientras el hombre exista en su forma física, posee las consecuencias de esa forma. Tener una forma implica tener un límite. Aquello que no tiene límite es por naturaleza sin forma. El moverse en un mundo de límites implica experimentar los límites en uno mismo, y la experiencia personal del límite es por naturaleza insatisfactoria para uno que se define a él mismo por sus límites.
En el comienzo de la vida, el dolor físico y la frustración psicológica caracterizan la primera confrontación del infante con sus límites. Experimenta directamente la naturaleza no-placentera de sus límites en sus primeros movimientos en el mundo. El golpe en la cabeza, el juguete lejos de alcance, refuerza una sensación de impotencia en la mente del infante. Esta inhabilidad para obtenerlo todo según nuestro gusto y la tensión que se produce con el mundo es lo que en el Budismo significa la primera noble verdad: que la vida es sufrimiento.
La palabra que Buda utilizó originalmente fue dukkha, un término en Pali que, como ya dije, implica más que la palabra sufrimiento en inglés (o castellano). Dukkha se refiere al tipo de tensión subyacente o desasosiego ante la existencia. Describe la continua confrontación del individuo con sus límites. No hay nada de revolucionario en este análisis excepto por las pequeñas diferencias de definición. Sin embargo, el Buda va mas allá al postular otra verdad que comienza a marcar su radical distanciamiento de la percepción ordinaria. El sufrimiento está causado por el deseo, y esta es la segunda verdad. Una vez más, la palabra original en Sánscrito significa más que la palabra deseo en inglés (o castellano). Obviamente hay muchos deseos positivos que no producen sufrimiento, como el desear la Iluminación, o el de
ayudar a otros, etcétera. Lo que separa los deseos positivos de los negativos
es el incandescente apego que se asocia a la negatividad. Esta energía se llama Klesha o desvarío en Pali, significando una energía obsesiva que ata al individuo a un concepto de sí mismo o a una situación que no le permite a alguien confrontarse con el límite ecuánimemente y con aceptación.
Dukkha y klesha son como los dos extremos de un magneto. Dukkha es la energía que repele el límite, mientras que la energía de klesha está constantemente atrayendo el límite hacia sí misma y aferrándose a él. Dukkha no es capaz de simplemente ser, dentro de los límites de la existencia personal sin alejarse continuamente de situaciones de la vida, tratando de manipular su camino hacia una posición de poder. Hace esto porque la mente es continuamente atraída al límite por la energía de arrastre magnético de klesha. El apego incandescente de ser algo o estar en algo de nuestra elección nos arrastra hacia muchas situaciones en la vida. Estas son invariablemente insatisfactorias ya que no pueden aquietar la energía del deseo y por ende, somos rechazados por ellas en el momento por la fuerza de dukkha.
Los apegos de nuestros deseos nos atraen y la insatisfacción de nuestras experiencias de finitud cuando nos acercamos al objeto de deseo nos aleja nuevamente. Estamos por eso en un incesante movimiento de atrás y adelante emocionalmente en una tempestuosa pleamar de desdicha. Podemos estar tan acostumbrados a esta situación que aprendemos a aceptarla sin reconocer siquiera nuestra agitación existencial. Un hombre que ha estado sufriendo desde su nacimiento cree que es muy feliz hasta que alguien más llega y alivia su dolor. Entonces reconoce por primera vez lo que es ser feliz. La fuente de esta klesha que causa el sufrimiento se encuentra básicamente en un malentendido a cerca de la naturaleza del propio ser. Esta falta de entendimiento es lo que el Buda llama ignorancia. El hombre que es ignorante se ve a sí mismo como un ser absolutamente ajeno y cuidadosamente define sus límites, activando la energía de klesha y la resultante experiencia del sufrimiento.
De acuerdo con las enseñanzas Budistas la Realidad fundamental del Universo, la Mente del Buda, no es otra más que nuestra naturaleza original. Esta naturaleza está escondida de nosotros debido al condicionamiento del deseo y el apego hacia el proceso de transformación. Es en este punto donde la ignorancia en la forma de apego al propio ser nos mantiene lejos de poder ver nuestra verdadera naturaleza. Literalmente somos incapaces de ver el bosque por ver todos los árboles y sin embargo no existe un bosque separado de estos árboles.
El resultado de practicar el camino óctuplo es comenzar a ver cada árbol o
componente de la existencia como lo que es, una perfecta expresión del
tiempo y el espacio. Cada árbol en el bosque se vuelve un espejo del proceso
de transformación, reflejando al bosque mismo. Todo lo que existe en la vida se fusiona en una identidad mutua en este sutil nivel de entendimiento. Esto es el resultado de un cambio de perspectiva que nos permite una percepción de la realidad como un todo dinámico, más que una serie de estructuras ontológicas en una relación lineal y causal.
Por ejemplo, nuestro entendimiento habitual es que un árbol es una adaptación de un organismo específico a un espacio y espacio únicos. Sin embargo, esta es una perspectiva linear y no contempla al árbol por lo que es. Ignora la interacción del árbol con el resto del ambiente. Un árbol es un proceso dinámico más que una unidad concreta del ser. Que lo percibamos así es debido a los límites impuestos por los sentidos por su propia estructura y la correspondiente interpretación de nuestra mente.
En otras palabras, nuestros ojos son capaces de percibir la luz reflejada desde una fuente dentro de los límites impuestos por el espectro visible. Aunque conocemos por la ciencia otras radiaciones como el infrarrojo y el ultravioleta, no somos capaces de percibirlas. Aunque la energía de la luz está compuesta de patrones ondulatorios, también llamados ondas, nuestra percepción del cambio está limitada sólo a transformaciones rápidas. Podemos corroborar esto claramente cuando observamos una película tomada en distintos momentos de una flor de jardín.
Lo que parece a nuestro proceso consciente ordinario como un botón de rosa, es en realidad una rosa en proceso. A través de las fotografías en distintos momentos podemos ver las crestas y valles de la energía del rosal al generar los retoños, los botones, al caer las flores y al volver a comenzar de nuevo; todo esto mientras continúa creciendo. Junto con todas las manifestaciones visibles del proceso, están las miríadas de aspectos de su interacción con otras fuerzas que existen en el jardín. El rosal interactúa con el suelo, absorbiendo los nutrientes, desechando hojas y flores, que reciclan los nutrientes, proveyendo a los insectos, los insectos y las flores se alimentan mutuamente; así mismo absorben dióxido de carbono y liberan oxígeno.
Nada a cerca del rosal es estático. De hecho su mismísimo ser está en interacción. Aún así nuestra consciencia lo define como una cosa. Como una unidad que puede separarse de las otras unidades en las arenas de la mente. Se experimenta como telón de fondo o como superficie. Cuando la mente contempla un jardín relega a la rosa a la escenografía de fondo, y cuando contempla a la rosa en sí, el cielo o la pared del jardín pasan a ser escenografías de fondo. La realidad de la rosa, en realidad se encuentra en su interacción con el ambiente. Los nombres de rosa, jardín, cielo y tierra son meras herramientas del intelecto y de la comunicación que no tienen una
verdadera relación con la realidad de estos fenómenos en sí. Esta siempre es una cuestión de interacción mutua o mejor dicho interpenetración.
El término Budista interpenetración, reconoce la absoluta coincidencia del ser que es un ambiente. Cada aspecto del jardín está afectando y siendo afectado por todos los demás aspectos de manera simultánea. La evidencia de esta realidad se reconoce en muchas disciplinas, desde la ecología hasta la física de partículas. El punto esencial para un Budista es que su propio ser está compartiendo a su vez esta interpenetración. No existe una realidad del propio ser como tal, fuera de esta interpenetración; no existe un alma, una mente o un espíritu permanentes que no sea uno con este eterno intercambio.
El proceso es el ser, no hay nada más allá. Las ideas que se tengan del ser son irrelevantes para la verdad. Son sólo nubes sobre el jardín, que se forman y luego desaparecen. Mientras tanto, la corriente constante de la interacción, continúa. Como las nubes flotan hacia donde el viento las lleva, así el estudiante del dharma admite que las ideas de auto liberación crucen a través del cielo de esta mutua interpenetración eterna.
El bosque son los árboles y los árboles son el bosque. La rosa es el jardín y el jardín la rosa. Los demás son el propio ser y el propio ser es los demás. No hay nada más que esto, nada a qué apegarse y nada qué temer. Porque si todo es el propio ser, entonces no existe un propio ser que pueda ser amenazado por otro.
¿Cómo le es posible entonces a una persona funcionar efectivamente en este mundo de las cosas manteniendo esta amplia visión de mutua interpenetración? Es posible porque cada fenómeno, aunque comparte el ser esencial con todos los demás fenómenos, siempre mantiene su patrón y estructura como una expresión de esta interpenetración. Las cosas no cesan de existir al darnos cuenta del vacío esencial de su ser. Si esto fuera así, entonces toda la existencia se esfumaría con ellas. El proceso de este despertar (de este darse cuenta) puede encontrarse en el adagio Zen: "Primero existe la montaña, luego no existe la montaña, luego existe".
Cuando vemos las cosas por primera vez las vemos como realidades concretas en sí mismas. Una montaña es una montaña y nada más. Luego nos damos cuenta del vacío esencial de la montaña, que no existe fuera de su interrelación con el mundo. Finalmente, aparece nuevamente la montaña cuando la vemos con el ojo de la iluminación como una perfecta expresión del universo como montaña. En la visión final, ya no es más algo ajeno, sino que participa con nosotros en el mutuo ser del momento.

No sacrificamos nada al adquirir esta perspectiva de la iluminación. Somos capaces de funcionar en el mundo de las cosas con la misma facilidad que antes. Utilizamos la razón y la discriminación en nuestras vidas cotidianas con aún más destreza que anteriormente cuando veíamos cada cosa como una realidad en sí misma. Ahora entendemos desde un nivel visceral que no hay acción que tomemos que no tenga interacción con el todo. Las acciones impetuosas y estúpidas que habríamos cometido anteriormente, al pensar que las hacemos para nuestro propio interés, ahora las observamos como realmente son.
Por primera vez podemos confiar en nuestra intuición como una compañera fiel de nuestra razón para determinar nuestras acciones en la vida. Esto se debe a que ha habido en nosotros un giro completo en nuestro proceso consciente que permite a nuestra intuición a fluir directamente de ese ser común que es la consciencia universal. Anteriormente nuestra intuición estaba dañada por la obstinada adherencia de nuestra mente al concepto de un mundo de cosas con un ser separado.
Podemos comenzar a movernos en el mundo con la gracia de un virtuoso que, al obtener la maestría en la técnica de su instrumento puede ahora dejar que su genio intuitivo fluya dentro de la sinfonía de la vida, pero con su propio toque y acento únicos. La antigua idea del propio ser que creíamos nos daba una sensación de libertad, realmente nos alejaba de experimentar la belleza de nuestra vida. Esta belleza es lo que llamamos la Naturaleza Búdica; es la armonía de la vida de la cual nosotros somos una nota musical. Esta visión de la vida que reconoce a la naturaleza Búdica y las leyes de la realidad espiritual es lo que se conoce como Visión Correcta.
Traducido al Español por el Dr. Ricardo de León (Rev. Zhèng Hui Shakya, OHY)
tomado dehttp://www.acharia.org/downloads/ocho_pasos_hacia_la_libertad_r_leon.pdf

lunes, 18 de marzo de 2013

Sweet Dreams

Dormidos vamos y volvemos,
en el afán de creernos que somos.
Dormidos subimos y bajamos
las cuestas dibujadas en los sueños
Dormidos , aunque "despiertos" nos miremos al espejo,
maquillamos nuestras máscaras y peinamos nuestros velos.
Así se nos marcha el estar vivos,
posponiendo cada instante ,
por el miedo a estar muertos.

Guti

domingo, 10 de marzo de 2013

En el Clavo.....


La definición exacta de un antisistema es aquel/lla que esta en contra del sistema actual, político, económico y social.

El hecho de ser un antisistema no significa que tengas que ser una persona de extrema violencia. La televisión cuyo interés se basa en "dar malas noticias" porque venden y en ir encontra del libre pensador siempre que en una manifestación aparece la violencia surge la palabra de antisistema. La mayoría de la sociedad con un poco de sentido común sabe perfectamente que en un porcentaje elevado esa violencia puede surgir de personas agresivas que nada tienen que ver con el antisistema. Otros pueden pensar que son gente pagada por aquellos que estan en contra de dicha manifestación y lógicamente alguno puede ser antisistema.

El antisistema no acepta la sociedad porque la sociedad se mueve hacia un futuro cada vez más pobre.
El antisistema cree que el ser humano puede cambiar, que sus creencias pueden cambiar y que su vida puede ser mejor.
El antisistema no acepta que las necesidades básicas humanas no esten cubiertas de un modo global en todo el planeta.
El antisistema no quiere saber nada de la corrupción 
El antisistema cree en la paz, en el amor y en el poder de la comprensión.
El antisistema rechaza el capitalismo al 100%. El antisistema no es comunista. Todos sabemos que el comunismo nunca ha funcionado completamente porque no se han ejecutado bien sus bases y se han convertido en una dictadura camuflada.
El antisistema no cree en la democracia. La democracia es la gran tapadera de la dictadura económica. Aquellos que poseen el capital son los que inclinan la balanza de un país únicamente por diversión o por intereses.
El antisistema no cree en la anarquía. La anarquia de haz lo que quieras conlleva a sacar nuestros instintos de supervivencia de un modo agresivo y con violencia. Además no sé si habría suficiente marihuana para todos...
El antisistema no acepta la globalización.
El antisistema ve las noticias y de la mitad de lo que dicen no cree ni una cuarta parte.
El antisistema está en contra de la especulación.

Tomado de: www.diarioantisistema.blogspot.com.es/

viernes, 1 de marzo de 2013

Usui Sensei



La historia japonesa  


El ancestral y perdido método de sanación natural, que hoy en día ha sido bautizado con el nombre de Reiki, fue descubierto a principios del siglo XX (1922) por Mikao Usui Sensei, budista laico y Maestro espiritual de la ciudad de Kioto, Japón.
Mikao Usui nació el 15 de agosto de 1865 en la aldea de Ta­niai-Mura, que está situada en el distrito Yamagata, de la prefec­tura de Gifu, en el sur de Japón, en una familia ilustre, bien aco­modada y muy devota de la doctrina de Gautama Siddharta y que seguía con anhelo las enseñanzas del Buda. En el seno de este lugar se crio Mikao Usui. Desde muy joven conoció la vida y to­das las historias referentes a la búsqueda de la verdad y de la iluminación de Buda; esto le fascinaba y deseaba imitarlo.
Usui oyó siempre narrar las grandes vicisitudes que pasó el noble Siddharta cuando un día abandonó su palacio, sus sier­vos, su vida principesca y, con una simple túnica, se fue en busca de la Verdad última, pasando extremas dificultades, ayunos y largas meditaciones para alcanzar la iluminación final.
Mikao Usui se sintió fuertemente atraído y seducido por el amor y la comprensión que irradiaban las enseñanzas y la per­sonalidad de Buda, y por las capacidades de sanación que ad­quirió después de alcanzar la iluminación. No solo el Buda, sino también algunos de sus devotos, tras seguir sus conocimientos sagrados, obtuvieron los mismos resultados.
Después de casarse y haber tenido dos hijos, dejó su hogar. Su necesidad de alcanzar el método para sanar el cuerpo, la mente y el alma como lo hacía Buda, llevó a Usui a viajar por los lugares sagrados budistas de Japón sin descanso y siempre pre­guntando lo mismo. Los monjes budistas respondían también siempre de la misma manera, que desde hacía largo tiempo las enseñanzas budistas se habían dirigido a la expansión y creci­miento espiritual como premisa fundamental, y que el método de sanación del cuerpo se había diluido con el paso de los tiem­pos, no existiendo ya conocimiento sobre él.
Tras largas peregrinaciones y búsqueda, sus esfuerzos se vie­ron coronados con el éxito cuando entabló relación con un viejo abad de un monasterio zen cerca de Kioto, quien se interesó en su búsqueda. Estuvo más de tres años en dicho monasterio, y un día, siguiendo el consejo de su viejo amigo abad, Mikao Usui se retiró al sagrado monte Kurama, no muy lejos de allí, para hacer ayuno absoluto y meditación hasta alcanzar su objetivo. Una vez llegado al monte, alineó delante de él piedras en gru­pos de siete, y al final de cada día arrojaba una para ir marcando el tiempo transcurrido.
Durante todo su retiro no hizo otra cosa que ayunar y medi­tar. Al amanecer del vigésimo primer día, percibió un rayo luminoso y brillante dirigirse velozmente hacia él. Pese a su miedo inicial, decidió no moverse. Usui se dijo a sí mismo que iba a morir cuando entró en un estado de supraconciencia y de pronto vio miríadas de pequeñas burbujas multicolores de to­dos los tonos del arcoíris. Una voz que venía desde su interior le habló: «Recuerda, recuerda, recuerda... Tú eres eso». De esa forma, Usui Sensei alcanzó el estado que los japoneses llaman «Satori» (el «samadhi» de los hindúes), es decir, el estado de re­alización del Ser, la iluminación.
Y así, como consecuencia de esa experiencia en la que Usui Sensei se volvió uno con la Energía Universal, nació la forma ac­tual del Reiki, un regalo que el Maestro Usui recibió y que deci­dió compartir con el mundo.
Cuando Usui volvió a percatarse del mundo exterior, se dio cuenta de que el Sol se encontraba ya en el cénit. Su hambre y su fatiga ya no tenían importancia porque una nueva energía se había apoderado de él. Así recibió su sintonización con el Reiki y obtuvo el Conocimiento de sí mismo.
Usui decidió entonces dejar la montaña, anhelando comuni­cárselo a su viejo amigo el abad. Durante el descenso, yendo descalzo y con las prisas, se hirió en un pie, provocando que la uña del dedo pulgar se pusiera a sangrar. Desgarrado por el do­lor, se agarró el pie durante algunos minutos, canalizando ener­gía del Reiki hacia su dedo. El dolor se calmó casi de inmediato y la hemorragia se detuvo. Su propia curación sería la primera de una larga serie de curaciones.
Posteriormente, y debido a que tenía hambre, se detuvo en una posada donde comió copiosamente sin que la ruptura del ayuno supusiera un problema para él, y curó a la nieta del po­sadero de un fuerte dolor de muelas a cambio de la cena. Esta sería la primera sanación que realizaría a otra persona.
Esa misma tarde Usui volvió al monasterio de Kioto, donde ayudó al abad a vencer los dolores de una violenta crisis de ar­tritis y un fuerte dolor de espalda que lo mantenía en cama.

Al cabo de algunos días, con las bendiciones del abad, deci­dió marchar a los barrios bajos de Kioto para sanar a los mendi­gos y ayudarles a vivir en mejores condiciones. Pasó allí unos seis meses tratando gratuitamente a los pobres, pero comprobó que una vez sanados, en lugar de trabajar, muchos volvían a su antiguo modo de vida.

A algunos les preguntó por qué habían renunciado a su nueva vida, y ellos le respondían que trabajar era demasiado fa­tigoso y preferían la vida de mendigo, que les parecía más có­moda.
Esta respuesta trastornó profundamente a Mikao Usui y le hizo reflexionar. Los monjes tenían razón: «El desarrollo del es­píritu es lo prioritario y el cuerpo le sigue después». Rehusó en­tonces tratar gratuitamente a los mendigos por su falta de apre­ciación y comprendió que se había limitado a sanar sus cuerpos, sin enseñarles a ser agradecidos con sus vidas y sin proporcio­narles una solución radical a sus problemas. Usui se dio cuenta que no podría lograr curaciones reales sin encauzar el espíritu de sus pacientes. Fue entonces cuando, tras larga meditación e inspirado por la lectura de una obra del doctor Suzuki Bizan (según se cree), crearía y daría a conocer los ideales del Reiki, co­nocidos actualmente como los cinco Principios de Usui:
  1. Solo por hoy, no te enojes.
  2. No te preocupes.
  3. Sé agradecido.
  4. Trabaja diligentemente y honradamente.
  5. Sé amable con los demás.
Poco tiempo después, Usui decidió abandonar definitiva­mente el gueto y volver a Kioto, donde comenzó a recorrer con una antorcha en la mano, a plena luz del día, las calles de la ciu­dad. Cuando le preguntaban por qué hacía eso siendo de día, respondía que buscaba personas en busca de la Luz de la cual él era portador, personas realmente dispuestas a curarse, y que una antorcha ardiendo podía encender muchas apagadas.
A partir de ese momento comienza la última fase de su vida, viajando por todo Japón, dedicándose por entero a la enseñanza de la meditación y del método curativo con Reiki. Con este pro­pósito creó una clínica (Dojo, en japonés) en Tokio.
Usui Sensei murió el 9 de marzo de 1926 durante uno de sus cursos, y se encuentra ahora enterrado en el templo budista de Saihoji en Tokio. La historia de su vida, cuyos principales suce­sos se acaban de resumir, se encuentra grabada sobre su lápida funeraria, que ha sido descubierta a finales del siglo pasado.
Antes de su muerte, Usui escogió a su sucesor entre los veintiún maestros de Reiki que formó. Eligió al que le pareció que mejor había asimilado sus enseñanzas, Juzaburo Ushida (1865-1935), oficial de marina retirado. Juzaburo Ushida fue quien le sucedió y dirigió, tras la muerte de Usui a principios del siglo xx, la sociedad creada por el propio Mikao Usui («Usui Reiki Ryoho Gakkai») para extender el Reiki; también fue quien escribió el texto de la lápida conmemorativa de Usui.
Ushida vio a Usui por primera vez en un mercado mientras este portaba una antorcha en la mano y hablaba a la gente. Cuando Usui lo vio, le dijo: «Eres demasiado joven para reti­rarte, ven conmigo y ayuda a esta gente». Ushida aceptó.
Usui pidió a Ushida que tomara el compromiso de liderar la «Usui Reiki Ryoho Gakkai» y que le prometiera que esta nunca desaparecería de la Tierra. Ushida y otros maestros se lo prome­tieron y él fue elegido para seguir sus pasos y liderar la «Usui Reiki Ryoho Gakkai» cuando Usui muriera.
El doctor Chujiro Hayashi fue otro de los maestros que formó Usui Sensei y el único médico de profesión. Hayashi se separó de la «Usui Reiki Ryoho Gakkai» al morir Usui y creó una escuela que se llamaba «Hayashi Shikin Reiki Kenkyukai» del Sistema
Hayashi, y fundó la primera clínica de Reiki en Tokio, cerca del Palacio Imperial, en el barrio de Shina No Machi. Como militar, era más sistemático que asceta, y comprendió cuan importante era codificar las técnicas del Reiki y, al mismo tiempo, probar su eficacia. Al Maestro Hayashi le debemos muchas de las técnicas que se utilizan actualmente en el Reiki-Ho.
Usui le había hablado a Hayashi de su experiencia con los mendigos y de su gran error. Le dijo:
Primero dirígete al espíritu y luego sana lo físico. Hay que te­ner un cuerpo sano y una mente sana para que un hombre esté completo, y recuerda que los mendigos carecen de gratitud, por lo que no debes darles más tratamientos ni cursos de forma gratuita.
En la clínica de Reiki de Hayashi se aplicaba Reiki a los pa­cientes, incluso las veinticuatro horas del día en los casos parti­cularmente graves, y, muy a menudo, por varios terapeutas a la vez.
Gracias a las investigaciones de Hayashi, sabemos que el Reiki llega en primer lugar a descubrir en el individuo la causa primera de sus síntomas físicos. Luego, a remediar sus carencias energéticas y, finalmente, devuelve el equilibrio global. Además del tratamiento de los pacientes, la clínica aseguraba igualmente una preparación a todos los que querían curar a otras personas por medio del Reiki. A partir de ese momento, numerosos estu­diantes comenzaron a curar por todo Japón. Tras la muerte de Hayashi había cerca de un millón de practicantes en Japón des­pués de la Segunda Guerra Mundial.
La tumba de Usui Sensei se encuentra en Tokio 0apón), en el distrito de Toyotama, en el templo Saihoji, dentro del cemente­rio. Se reconoce fácilmente debido a su altura, que sobresale en­tre todas las demás tumbas, y lleva el inconfundible sello fami­liar del Sol y de la Luna de la familia Usui.
La inscripción de la tumba, según el investigador japonés Ta-naka Sensei, cuenta la verdadera historia de Mikao Usui, y está escrita en japonés antiguo de principios de siglo. La extensa ins­cripción fue redactada por los señores Okata y Ushida, este úl­timo sería presidente de la «Usui Reiki Ryoho Gakkai» y sucesor de Usui Sensei.

Tomado de:http://www.reikiunificado.com/historia-del-reiki

jueves, 28 de febrero de 2013

La Compasión


El ser humano se está alejando de los valores que le hacen ser feliz como la paz, la paciencia, la humildad, la alegría, la generosidad, los estados interiores negativos nos hacen ser desdichados, realmente no hemos nacido para alimentarlos.
La filosofía budista nos da un enfoque para retornar al estado natural de la mente y recuperar así nuestro equilibrio.
En años recientes muchos estudios apoyan la conclusión de que el desarrollo de la compasión y el altruismo tiene un efecto positivo sobre nuestra salud física y emocional.
En un conocido experimento, David Mc Clelland, psicólogo de la Universidad de Harvard, mostró a un grupo de estudiantes una película sobre la Madre Teresa trabajando entre los enfermos y los pobres de Calcuta. Los estudiantes declararon que la película había estimulado sus sentimientos de compasión. Más tarde, se analizó la
saliva de los estudiantes y se descubrió un incremento en el nivel de inmunoglobulina A, un anticuerpo que ayuda a combatir las infecciones respiratorias. En otro estudio realizado por James House en el Centro de Investigación de la universidad de Michigan, los investigadores descubrieron que realizar trabajos de voluntariado con regularidad, interactuar con los demás en términos dé benevolencia y compasión, aumentaba espectacularmente las expectativas de vida y, probablemente, también la vitalidad general. Muchos investigadores del nuevo campo de la medicina mente-cuerpo han realizado descubrimientos similares y concluido que los estados mentales positivos pueden mejorar nuestra salud física.
Además de los efectos beneficiosos que tiene sobre la salud física, hay pruebas de que la compasión y el cuidado de los demás contribuyen a mantener una buena salud emocional. Abrirse para ayudar a los demás induce una sensación de felicidad y serenidad. En un estudio realizado a lo largo de treinta años con un grupo de graduados de Harvard, el investigador George Vaillant llegó a la conclusión de que un estilo de vida altruista constituye un componente básico de una buena salud mental.
En una encuesta de Alían Luks, realizada entre varios miles de personas que participaban regularmente en actividades de voluntariado, más del 90% declaró tener una sensación de «entusiasmo» asociado con la actividad, caracterizado por un incremento de energía y autoestima y una especie de euforia. El voluntariado no sólo Proporcionaba una interacción que era emocionalmente nutritiva sino también esa «serenidad del que ayuda», vinculada con el alivio de perturbaciones derivadas del estrés.
Aunque las pruebas científicas apoyan claramente la postura del Dalai Lama acerca del valor de la compasión, no hay necesidad de acudir a experimentos y encuestas para confirmarla corrección de su punto de vista.
podemos descubrir los estrechos vínculos que existe entre compasión y felicidad en nuestras vidas y las vidas de quienes nos rodean. Joseph, un contrantista de la construcción de sesenta años, a quien conocí hace unos años es un buen ejemplo de ello. Durante treinta años, Joseph se aprovechó de las ventajas de la expansión aparentemente ilimitada que se produjo en Arizona, y se convirtió en multimillonario. A finales de la década de 1980, sin embargo, se produjo la crisis inmobiliaria más grande de la historia del estado. Joseph estaba fuertemente endeudado y lo perdió todo. Sus problemas financieros crearon fuertes tensiones entre él y su esposa, que finalmente llevaron al divorcio después de veinticinco años de matrimonio. Joseph empezó a beber en exceso. Afortunadamente, pudo dejarlo con la ayuda de Alcohólicos Anónimos. Como parte de su programa, ayudó a otros alcohólicos a rehabilitarse. Descubrió entonces que disfrutaba con la actividad de voluntario. Dedicó sus conocimientos empresariales a ayudar a los económicamente más débiles. Al hablar de la vida que llevaba, Joseph señaló:
Ahora soy propietario de un pequeño negocio de albañilería con unos ingresos modestos, y ya no volveré a ser tan rico como antes. Lo más extraño de todo, sin embargo, es que no añoro aquella prosperidad. Dedico mi tiempo a actividades de voluntariado para diferentes grupos, a trabajar directamente con la gente, a ayudarlos lo mejor que puedo. Actualmente, disfruto más en un solo día que antes en un mes, cuando ganaba mucho dinero. Nunca he sido tan feliz.

MEDITACIÓN SOBRE LA COMPASIÓN
(ENSEÑADA POR EL DALAI LAMA)
Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se desea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen derecho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión.Así pues, meditemos hoy sobre la compasión. Empecemos por visualizar a una persona que está sufriendo, a alguien que se encuentra en una situación dolorosa, muy infortunada. Durante los tres primeros minutos de la meditación, reflexionemos sobre el sufrimiento de ese individuo de forma analítica, pensemos en su intenso sufrimiento y lo infeliz de su existencia. Después tratemos de relacionarlo con nosotros mismos, pensando: "Este ser tiene la misma capacidad que yo para experimentar dolor, alegría, felicidad y sufrimiento". A continuación, tratemos de que surja en nosotros un sentimiento natural de compasión hacia esa persona. Intentemos llegar a una conclusión, pensemos en lo fuerte que es nuestro deseo de que esa persona se vea libre de su sufrimiento. Tomemos la decisión de ayudarla a sentirse aliviada. Finalmente, concentrémonos en esa resolución y, durante los últimos minutos de la meditación, tratemos de generar un estado de compasión y de amor en nuestra mente.
  
      Tomado de:www.actosdeamor.com

miércoles, 27 de febrero de 2013

La Flor de Loto

El loto es el símbolo del desarrollo espiritual, de lo Sagrado y de lo Puro. Los Buddhas en meditación son representados sentados sobre flores de loto y la madurez de la meditación (dhyâna) se simboliza por la flor de loto abierta, cuyo centro y pétalos llevan grabados símbolos de figuras de diferentes Buddhas y Bodhisattvas o de sus atributos, o bien figuras complementarias, según su carácter o sus funciones. Del mismo modo, los centros de consciencia en el cuerpo humano, están representados por flores de loto provistas, según sus funciones, de un número mayor o menor de pétalos y con diversos colores que se corresponden con su particular naturaleza..

El significado original del loto se extrae de la siguiente similitud: así como la flor de loto se abre paso desde el fondo de la oscuridad del estanque, sube a la superficie del agua y se abre después de haberse elevado por encima de su nivel, sin mantener contacto ni con la tierra ni con el agua, a pesar de haber nacido de ellas, así el espíritu, nacido de este mundo, abre sus pétalos, sus cualidades, después de haberse liberado de la corriente burbujeante de las pasiones y de la ignorancia y de haber transformado las fuerzas tenebrosas de las profundidades en la pureza clara del néctar de las flores, la consciencia iluminada (bodhi-citta), la incomparable gema (mani) en la flor de loto (padma). 

Del mismo modo el Santo, por su altura espiritual, está por encima del universo. Sus raíces permanecen en las sombrías profundidades del mundo, pero su cabeza se eleva hacia la plenitud de la luz. Abarca lo mismo las profundidades que las cimas, la oscuridad como la luz, lo material como lo inmaterial, la limitación de lo individual y lo universal sin límites, la forma y la no-forma, el samsarâ y el nirvâna, todo ello gracias a la síntesis viva de su identidad. Por eso se dice del que está totalmente despierto: « El Iluminado no es prisionero ni del ser ni del no ser, el Santo se escapa a todos los opuestos.» (Nâgârjuna).

Si el empuje hacia la luz no estuviera ya latente en el germen escondido en la profunda oscuridad de la tierra, el loto jamás tendería hacia la luz...



Lama Anagarika Govinda